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100fuentesBlog, una entrega de Fernando Cifuentes.
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Bienvenidas y bienvenidos de nuevo a nuestra plaza pública.
Como venezolano en el extranjero, me sorprende ver lo desorientada que está mucha gente cuando intenta entender lo que realmente ha ocurrido en Venezuela durante los últimos 27 años. Y hablo de lo que pasa de verdad, no de lo que repiten las propagandas o los relatos simplificados que circulan en muchos medios.
El 3 de enero ocurrió algo que parecía impensable hace apenas unos años.
El gobierno de Estados Unidos ejecutó una intervención militar directa y a gran escala en territorio venezolano. No se trató de una sanción económica más ni de un nuevo bloqueo diplomático. Hubo bombardeos estratégicos, neutralización de defensas y el despliegue de fuerzas especiales de élite en una operación diseñada para capturar al jefe del régimen.
El objetivo principal se cumplió.
Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron detenidos durante la operación y extraídos del país bajo custodia militar. Ambos fueron trasladados inicialmente a bordo del buque estadounidense USS Iwo Jima y posteriormente llevados a Nueva York, donde enfrentan cargos federales relacionados con narcoterrorismo y tráfico de armas.
Como en todo tablero de ajedrez, cuando cae una pieza clave, el juego se reconfigura.
Ante la conmoción política generada por la captura del presidente, Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina. El país quedó sumido en una tensión enorme, intentando procesar un giro político completamente inesperado.
Las reacciones, como era de esperar, han sido diametralmente opuestas.
Por un lado, parte de la diáspora venezolana y sectores de la oposición celebraron el hecho como un posible punto de inflexión histórico. Por otro lado, aliados tradicionales del chavismo como Rusia y Cuba, junto con varias voces en la comunidad internacional, condenaron la intervención estadounidense por considerarla una violación del derecho internacional y de la soberanía venezolana.
Aquí es donde entra algo que pocas veces se entiende desde fuera.
Muchos analistas, periodistas y comentaristas internacionales han pasado años pronosticando el “fin del régimen”. Pero quienes hemos vivido esta historia sabemos que escuchar el famoso “ahora sí” puede resultar agotador.
Durante décadas se han anunciado supuestos puntos de quiebre que luego no cambiaron absolutamente nada.
La diferencia ahora es otra.
Por primera vez en muchos años, los intereses geopolíticos del gobierno más poderoso del mundo coincidieron con lo que millones de venezolanos llevan décadas esperando: la caída del dictador.
No se trata de ingenuidad.
Nadie cree que Donald Trump haya actuado por amor a Venezuela. La política internacional nunca funciona así. Cada país persigue sus propios intereses.
Pero después de 27 años de autoritarismo, colapso económico, represión y migración masiva, muchos venezolanos ya no están pensando en discursos ideológicos ni en debates teóricos sobre geopolítica.
Solo quieren algo mucho más simple:
Libertad.
Libertad para volver a su país.
Libertad para vivir sin miedo.
Libertad para reconstruir una nación que fue destruida poco a poco.
Esto no significa que el camino esté resuelto.
Ni mucho menos.
Aún queda muchísimo por reconstruir: instituciones, economía, justicia y confianza social. Pero sería injusto negar que lo ocurrido marca un momento sin precedentes en la historia reciente del país.
Y por las razones que sean —geopolíticas, estratégicas o económicas— muchos venezolanos sienten hoy algo que no sentían desde hace mucho tiempo:
Una pequeña pero real sensación de esperanza.
Ahora es tu turno al micrófono, cuéntanos tu opinión, sea cual sea.

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